martes, 3 de agosto de 2010

"Habría que preocuparse si Latorre optara por la UCR"


Ante los dichos de la Senadora Nacional Roxana Latorre el Convencional Provincial de la Unión Cívica Radical Carlos Vila declara:

"En la UCR habría que preocuparse el día que la Senadora Nacional Roxana Latorre opte por elegír candidatos de la Unión Cívica Radica, sería un síntoma de que estamos haciendo mal las cosas".

Sostuvo el dirigente radical "que carecen de credibilidad las opiniones vertidas por quienes desarrollan prácticas de transfuguismo político como es el caso de la legisladora nacional".

Señaló también "que Latorre sorprende una vez más, en esta oportunidad por su provocación a quienes defraudó electoralmente"


Finalmente el Convencional Radical manifestó: "que el radicalismo trabaja en su hoja de ruta de elaboración de programa de gobierno, conformación de equipos técnicos y finalmente definición de candidaturas, por ello exhorta a no distraer esfuerzos en estas pequeñeces de la política"

Rosario, 03 de agosto de 2010.-

Voz radical por la autonomía municipal


En relación al debate suscitado en torno a la consagración de la autonomía municipal el Convencional Provincial de la Unión Cívica Radical Carlos Vila declara:

“La autonomía municipal forma parte de la cultura política del radicalismo y honrando esa tradición la UCR santafesina en las últimas décadas accionó para incorporarla a través de distintos proyectos de ley”

Señaló el dirigente radical que “Desde la reforma de la Carta Magna de 1994 en que la autonomía municipal adquirió rango constitucional nuestra provincia está en mora con la incorporación de dicho instituto, por ello mientras se logran los consensos necesarios para la reforma constitucional los legisladores provinciales del radicalismo deben impulsar por ley la asignación de ese status a los municipios santafesinos”

Finalmente el Convencional Radical sostuvo que “Entendida la autonomía plena como una herramienta estratégica de desarrollo local y de mejoramiento de la calidad de vida institucional de los municipios y sus habitantes no se puede ni se debe tirar por la borda todo un trayecto consecuente recorrido en función de cálculos electorales”.

Rosario, 30 de julio de 2010.

Publicado en la edición del Diario "La Capital" del dia 01.08.10
Fuente: http://www.lacapital.com.ar/ed_impresa/2010/8/edicion_640/contenidos/noticia_5631.html

domingo, 4 de julio de 2010

Yrigoyen y el bicentenario


Tras los innumerables festejos del bicentenario cabe reflexionar sobre los aportes realizados por hombres y mujeres que aportaron a la construcción de la República.

Es este el mes de las grandes evocaciones, en julio se fueron Leandro Alem, Hipólito Yrigoyen, Juan y Eva Perón, por nombrar algunos exponentes del pensamiento nacional y popular del segundo siglo del bicentenario.

Al cumplirse 77 años de su deceso es propósito en estas lineas tributar el merecido homenaje a Hipólito Yrigoyen, quien fuera portador de un espíritu revolucionario, de una perseverancia ejemplar, de firmes convicciones, de una digna intransigencia y fundamentalmente de decisiones consecuentes.

Yrigoyen tras fundar junto a Leandro Alem la Unión Cívica Radical, durante 22 años impulsó la estrategia sin tiempo en haras de instaurar el sufragio libre consumando el objetivo a través de la denominada Ley Saenz Peña.

A 26 años del surgimiento de la UCR, a través de elecciones ejemplares Hipólito Yrigoyen resultó electo Presidente de la Nación, accediendo al poder con un estilo de gestión signado por rígidos principios éticos

La era de Yrigoyen en responsabilidades de gobierno se caracteriza por asegurar el cumplimiento del programa de gobierno que era ní mas ni menos que Constitución Nacional, combatiendo la inmoralidad política y administrativa y asegurando las mejoras sociales para los sectores desposeidos

Este político krausista en el poder aseguró la plena vigencia de las libertades, la integración y el desarrollo del país, impulsó las primeras conquistas sociales para los asalariados, privilegió la educación pública y a través de su política internacional asignando a nuestro país un lugar de privilegio en el concierto de naciones.

Valga este reconocimiento entonces a quien con su lucha gestó una corriente de fuerte raigambre social e incorporó la idea de reparación para la consagración de los valores de libertad e igualdad.

Carlos Vila
Convencional Provincial
Unión Cívica Radical

sábado, 12 de junio de 2010

Por la autonomía municipal


por Carlos Vila (^)

De las declaraciones de los principales exponentes del oficialismo y de la oposición en nuestra provincia de Santa Fe puede deducirse que la autonomía municipal comienza a ocupar un lugar de preponderancia en sendas agendas políticas. Ahora bien, de qué hablamos cuando hablamos de autonomía municipal, sucintamente y haciendo propia la definición de la Unión Iberoamericana de Municipalistas puede sostenerse que es el derecho a participar en los asuntos que naturalmente atañen al municipio y a sus ciudadanos y a definir, cada ente local, su propio destino.

Con la incorporación de la autonomía municipal en la Constitución provincial de 1921 y con la aprobación de las cartas orgánicas de las ciudades de Rosario y de Santa Fe, en este interregno, nuestra provincia se erigió en una verdadera referencia en la materia, esto fue así hasta el año 1935 en que fueron dejadas sin efecto.

Desde el restablecimiento de la democracia, allá por 1983 hasta nuestros días, la autonomía sigue siendo omitida en nuestra vida institucional, ello producto de la ausencia de decisión política en la materia, siendo motivación de ello el juego del cálculo político electoral.

Así, mientras el peronismo gobernó la provincia de Santa Fe no pudo instrumentarse dicho instituto, siendo la argumentación central que para materializar la misma debía reformarse la Constitución.

Por su parte, la oposición de modo sistemático proclamó que mientras se lograban los consensos necesarios para la reforma de la Carta Magna, se podía instrumentar la autonomía para los municipios a partir de la aprobación de dicho instituto por parte de la Legislatura provincial.

Alternancia democrática mediante se invirtieron los roles pero no los argumentos y por ende la incorporación de la autonomía municipal sigue siendo aún una asignatura pendiente.

A fines del año pasado, el gobernador Hermes Binner generó una buena noticia al remitir a la Legislatura un proyecto de ley para consagrar la autonomía municipal en nuestra provincia; no obstante, por estos días, volvimos a foja cero ante el anuncio de legisladores del Partido Socialista de supeditar su tratamiento a la reforma constitucional.

Así, no hemos podido asegurar aún en nuestra provincia la reforma de la Constitución nacional consagrada en 1994 en lo que atañe a la nueva redacción del artículo 123 donde se consagra y sostiene la autonomía municipal; ello, ni por vía de la reforma de la Constitución provincial ni por vía legal.

El radicalismo ha mantenido y mantiene vigente el compromiso inalterable para con el reconocimiento pleno de la autonomía municipal con participación directa de los vecinos, ello con o sin reforma de la Constitución provincial, el impulso de la denominación Ciudad Autónoma de Rosario y la convocatoria a una asamblea estatuyente donde se formule la carta orgánica de la nueva ciudad autónoma.

Para cumplir con estos objetivos se impone: 1) tomar la decisión política de concretar en los hechos las autonomías municipales, lo que significa en una primera etapa a) descentralización y traspaso a municipios de acciones que se realicen a través de convenios, b) modificaciones legislativas que posibiliten mayor coparticipación y que logren los aportes económicos necesarios frente a las transferencias de funciones de la provincia a los municipios; y 2) deberá implementarse el paso definitivo tendiente a lograr la plena autonomía municipal a través de la reforma y modernización estructural del Estado, que requiere, sí, la reforma de la Constitución de la provincia como paso previo.

En la inteligencia de que la autonomía municipal constituye una herramienta estratégica esencial para el desarrollo de los gobiernos locales y fundamentalmente para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, cabe poner de manifiesto que no son tiempos para el reposo ni para el cálculo político en una materia tan trascendente.

Finalizando, puede decirse que para los radicales sigue siendo una aspiración vivir en plenitud el principio de la autonomía municipal, por ello a casi dieciséis años de la reforma de la Constitución nacional y más de veintiséis años de restablecimiento de la democracia entiendo es tiempo de hacer realidad el anhelado estatus autónomo para los estados municipales de la provincia de Santa Fe.

(*) Convencional provincial de la Unión Cívica Radical

Publicado en Diario La Capital del 11.06.10
Vínculo: http://www.lacapital.com.ar/ed_impresa/2010/6/edicion_589/contenidos/noticia_5121.html

domingo, 6 de junio de 2010

Alma radical


Por José Natanson

Como las personas, los partidos políticos también tienen alma.

La socialdemocracia moderna, por poner un ejemplo más o menos foráneo, es un producto de los años dorados de la posguerra y de la necesidad del capitalismo de reinventarse poniendo un freno –el Estado de Bienestar– al fantasma del comunismo. Los populismos de mediados del siglo pasado, por poner un ejemplo latinoamericano, son un reflejo de la incipiente industrialización sustitutiva y de la activación política de las masas, hasta entonces excluidas, por vía de la ampliación de los derechos sociales y la dominación carismática del líder.

El radicalismo, en tanto corriente política, nació a fines del siglo XIX o a principios del XX, como expresión de la pequeña burguesía reformista que emergía en el marco de la modernización económica, la ampliación de las clases medias y –sobre todo en países como Argentina– la incorporación de una vasta corriente de inmigrantes. Típicos productos del cambio de siglo, los radicalismos asumieron un tono reformista, anticlerical y progresista y, hundiendo sus raíces en la tradición liberal-republicana, se propusieron como objetivo básico conquistar el sufragio universal y secreto y garantizar la institucionalidad democrática.

Tres casos entre tantos. El Partido Radical Francés fue fundado en 1901 bajo el legado de los grupos reformistas republicanos del siglo XIX con el objetivo de llevar a la práctica el Programa de Belleville, que incluía el sufragio universal, la separación Iglesia-Estado y la educación gratuita. El Partido Radical chileno, hoy convertido en Partido Radical Social Demócrata e integrado a la Concertación, surgió a fines del siglo XIX con un espíritu antioligárquico y democrático, acompañó a los gobiernos transformadores de Jorge Montt y Arturo Alessandri, controló la presidencia entre 1938 y 1952, y luego se sumó a la Unidad Popular de Salvador Allende. El Partido Radical paraguayo, heredero del antiguo Partido Liberal y hoy convertido en Partido Liberal Radical Auténtico, nació en 1887 y llegó al poder en 1904, luego de la Revolución Nacional, tras lo cual fue desplazado por un golpe de Estado y convertido en la principal fuerza de oposición a los gobiernos colorados (en particular a la larga dictadura de Stroessner).

El radicalismo argentino es parte de esta corriente. Surgido a fines del siglo XIX como ensayo de resistencia al Unicato, adquirió, en sus inicios, un carácter combativo, demostrado en las tres revoluciones que protagonizó, en el repudio de Alem al acuerdo de unidad Mitre-Roca y en los largos años de abstención intransigente. Fue radical el primer presidente cabalmente democrático de la historia argentina (Yrigoyen), fue anti-radical la primera gran dictadura (la de la Década Infame) y fue radical, también, el primer presidente del segundo gran ciclo democrático de nuestra historia (Alfonsín).

Conviene detenerse un momento en Alfonsín. En un artículo publicado en el último número de la revista Temas y Debates (“Clivajes y actores políticos en la Argentina democrática”), Edgardo Mocca sostiene que Alfonsín fue el único político de primer nivel que interpretó cabalmente el clima de época propio del derrumbe de la dictadura después del fracaso de Malvinas, que el mismo líder radical definió como “la posguerra”. En este marco, Alfonsín se propuso retomar la vieja reivindicación democrática de su partido, pero también fue más allá: su apelación al electorado peronista, una parte del cual terminó apoyándolo, se produjo mediante una resignificación de la democracia en clave social (“con la democracia se come”). Como escribió Ana Virginia Persello en Historia del radicalismo (Edhasa), “la reiteración de los enunciados del preámbulo de la Constitución servía para reconfirmar al radicalismo como un partido de ciudadanos preocupado por el fortalecimiento de las instituciones, y se articulaba con la promesa de que la democracia se asociaría, además, al bienestar”,

El mismo Alfonsín explicó esta voluntad de asociar la dimensión democrática con el bienestar social en un discurso publicado en La Prensa el 13 de octubre de 1983 y citado en el último libro de Isidoro Cheresky (Ciudadanos y política en los albores del siglo XXI, Manantial): “Nos rasgábamos las vestiduras en el altar de la libertad y otros lo hacían en el de la justicia. Y no nos dábamos cuenta de que éramos gladiadores de un circo romano, porque entonces hubiéramos visto a la oligarquía bajándonos el pulgar”.

Al descartar la disyuntiva entre justicia social y democracia, Alfonsín no sólo obligó a su partido a descartar el telefonazo a los militares como recurso político y de-sechó para siempre la posibilidad de presentarse a elecciones con el peronismo proscripto, sino que también forzó al propio justicialismo a sacudirse los resabios de violencia y autoritaritarismo que aún arrastraba, cosa que recién se logró con el triunfo interno de Antonio Cafiero sobre Herminio Iglesias en 1985.

Y así, en el marco de lo que un neoliberal definiría como “nuevas reglas de juego”, ambos partidos, radicalismo y peronismo, se convertían, por primera vez en la historia, en los protagonistas de una legítima competencia democrática y pluralista que, como diría un comentarista televisivo, se disputaría en términos de “adversarios” y no de “enemigos”. El legado de Alfonsín es más profundo de lo que habitualmente se piensa, pues no sólo contribuyó a la democratización del país sino que, en el mismo movimiento, consiguió lo impensable, un peronismo democrático, y con ello sentó las bases de un moderno sistema de partidos.

Con los años, la democracia argentina se fue consolidando. Quizá las plazas convocadas por el alfonsinismo en momentos de alzamientos carapintadas hayan sido las últimas escenas del viejo radicalismo (y quizá por eso el “Felices Pascuas, la casa está en orden” y las sospechas de un acuerdo de impunidad con los militares generaron esa amplia sensación de decepción y, aun más, de puñalada por la espalda).

Pero nunca digas nunca en la Argentina. Los dos grandes ciclos peronistas que siguieron al alfonsinismo le dieron al radicalismo inesperados argumentos para mantener viva su razón de ser, como las llamas que arden eternamente en las iglesias. Cruciales diferencias programáticas separan al menemismo del kirchnerismo; cada uno es un producto de su época y en algunos aspectos funcionan como un espejo. Las críticas, en general provenientes desde la izquierda, que equiparan mecánicamente a uno con otro, a veces condimentadas con la idea de que el kirchnerismo simula un progresismo inexistente pero que en realidad no es más que una versión maquillada de los ’90, no son más que simplificaciones. Ambos tienen algunos aspectos en común, pero no son la misma cosa.

Aclarado este punto, parece evidente que el radicalismo encontró, en particular en los últimos años, un ángulo de cuestionamiento que ha resultado muy fértil y que le ha dado buenos réditos electorales. Me refiero, por supuesto, a los desbarajustes institucionales producidos por el kirchnerismo, cuyo ejemplo más claro es la intervención del Indec, junto a la tendencia a la concentración del poder en la figura presidencial, a través de las leyes de emergencia económica y los decretos de necesidad y urgencia, aspectos todos que lo emparientan con el menemismo. A ello hay que sumar un estilo de gestión que tiende al decisionismo y la escasa voluntad de someter a la deliberación pública muchas medidas de gestión (aunque no todas: la ley de medios, por ejemplo, fue resultado de un amplio proceso de debate democrático). Hay en el kirchnerismo un afán por la decisión audaz y sorpresiva, que probablemente se remonte a sus orígenes, a la situación de crisis y emergencia del 2003 y a la necesidad de reconstruir, sobre bases firmes, la autoridad presidencial, pero que con el tiempo se ha convertido también en el principal blanco de las críticas opositoras.

Y así llegamos al núcleo de esta nota. Mi impresión es que hay una resonancia histórica en las críticas provenientes del radicalismo a los déficit institucionales del kirchnerismo. Es cierto, desde luego, que el radicalismo se debe una autocrítica: al fin y al cabo, fue un presidente bien radical, el inolvidable Fernando de la Rúa, quien recortó jubilaciones por decreto y estuvo procesado por sorbornar senadores. Pero mi argumento no apunta a lo justo o injusto de los cuestionamientos ni a discutir el lugar desde el cual se pronuncian; simplemente señalo que, con sus frecuentes apelaciones al consenso y sus críticas institucionales, los radicales conectan con sus raíces históricas y con la tradición liberal-republicana que los cobija, y que esto ayuda a entender el éxito que han alcanzado, al menos en este punto.

La interna de hoy puede ser analizada a la luz de este razonamiento. Ricardo Alfonsín cuenta con la inestimable ayuda de su apellido y el amor popular producido tras la muerte de su padre, amor que seguramente se explica por el recuerdo de su gobierno pero también por la entronización del Alfonsín-consensual contra el Kirchner-confrontativo. Y contra el hijo biológico del ex presidente, sus hijos putativos, Leopoldo Moreau y Federico Storani (un psicólogo ahí), quienes se presentan junto al sector de Julio Cobos. La interna tiene el atractivo mediático de enfrentar a Alfonsín y Cobos, los dos radicales con más intención de voto y posibles candidatos a presidente en el 2011, aunque parece difícil que el resultado, sea cual fuere, modifique en algo la impronta profunda del radicalismo, que se remonta a una tradición lejana y duradera que, bien aprovechada, puede tener una enorme eficacia política.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-147047-2010-06-06.html

miércoles, 31 de marzo de 2010

Un año sin Alfonsín


365 días han transcurrido desde el deceso del único ex Presidente que supo y pudo caminar las calles recibiendo permanentes muestras de afecto.

Hasta sus últimos días luchó por una Argentina cohesionada, libre e igualitaria, bregando consecuentemente por más democracia y por el normal funcionamiento de las instituciones.

Además de un magnífico legado, este político radical dejó planteadas debilidades a superar para poder mejorar nuestra sociedad y que lamentablemente siguen siendo aún asignaturas pendientes para la dirigencia política. Sostuvo respecto del oficialismo que debía dejar de lado la iracundia gubernamental y en relaciòn a la oposición formuló una exhortación a la unidad, apelando para ello a una invitación a querernos más entre los argentinos, para poder encontrar el modo de resolver los problemas en un esfuerzo común y esperanzado.

Raúl Alfonsín sigue y seguirá siendo recordado como el restaurador de la democracia. Su figura sigue destacándose con perfiles propios en el escenario político de las últimas décadas, ocupando un lugar de privilegio en la historia de nuestro país.

El extraordinario carisma que caracterizó al ex Presidente lo mantiene siempre actual en el recuerdo del pueblo.

A modo de epílogo puede decirse también que los valores en Raúl Alfonsín fueron parte fundamental de una total coherencia de gestos y actitudes y que a un año de su partida sigue atrayendo el respeto y el cariño de la ciudadanía.

viernes, 26 de febrero de 2010

Amadeo Sabattini, el “Tano” de Villa María


Por Rogelio Alaniz

Fue el heredero más genuino de Hipólito Yrigoyen. Se parecía a su maestro en sus virtudes y en sus defectos. Austero, sobrio, íntegro, concebía al radicalismo como una religión laica fundada en la conducta.

Como su maestro, rehuía la oratoria, practicaba el perfil bajo, el discreto segundo plano, desconfiaba de la exposición mediática y concebía a la política como un apostolado.

Como su maestro, la política era su pasión excluyente, la política radical, se entiende.

Sus amigos y sus adversarios también le decían el Peludo, los primeros con cariño, los segundos con sorna.

Si la cueva de Yrigoyen era su casa de calle Brasil, la cueva de Sabattini era su modesta vivienda de Villa María, la misma que empeñó en una campaña electoral y en la que vivió durante décadas pagando el alquiler.

Su visión de la UCR no era muy diferente a la de Yrigoyen. Creía que el radicalismo era una fuerza regeneradora y democrática y la identificaba con la Nación.

Su mirada organicista de la UCR no le impedía reconocer la legitimidad de sus adversarios políticos.

Entendía a la UCR como un absoluto pero cuando ejerció el poder nunca persiguió a nadie, nunca intervino un sindicato, jamás declaró el Estado de sitio.

A diferencia de don Hipólito creía en los programas de gobierno y se preocupaba por entender las leyes de la economía.

Su propuesta a favor de un modelo económico fundado en la actividad agropecuaria y la industrialización de la economía primaria es original y en más de un punto anticipatoria.

A diferencia de don Hipólito era agnóstico y fue el único gobernador que se negó a jurar por Dios y los santos Evangelios. Esa actitud le valió el ataque de los poderosos sectores clericales de Córdoba, sobre todo cuando en la ceremonia de asunción dijo que se comprometía a defender la religión católica, apostólica y romana porque “me lo ordena la Constitución”.

Agnóstico y masón, sostenía que un humanismo trascendente es aquel que en términos prácticos enaltece la condición humana.

Sabattini fue un gobernante que demostró que la buena gestión administrativa no está en contradicción con las transformaciones sociales, los emprendimientos económicos y las políticas educativas inclusivas.

“Aguas para el norte, caminos para el sur, escuelas en todas partes” fue su consigna de gobierno. Siempre se lo consideró un auténtico representante de los chacareros de la pampa gringa, pero si se presta atención a la gestión de su gobierno, podrá apreciarse que sus miras eran más amplias, como corresponde a los verdaderos estadistas.

Como todo buen radical era levemente anacrónico. Para algunos eso era un defecto, para muchos era una de sus virtudes más encantadoras. No rehuía los desafíos del progreso pero tampoco compraba sin beneficio de inventario las ilusiones de un progreso lineal e indefinido.

Desconfiaba de los cantos de sirena de un capitalismo avasallante y deshumanizado y de los vendedores de utopías que pretendían presentar al comunismo como una versión secular del paraíso.

Le tocó vivir un tiempo difícil, un tiempo de crisis, de derrumbe de valores, de guerras y muertes, un tiempo de ensayos totalitarios practicados por una derecha fanática y una izquierda totalitaria.

La alternativa a esas encerronas que se practicaban en el mundo era un nacionalismo secular y democrático que tomara distancia del fascismo y del comunismo. En nombre de esas certezas siempre abogó por la paz y cuando el mundo se lanzó a la guerra propuso como su maestro la neutralidad.

Su nacionalismo era sincero y convincente. Era un nacionalismo democrático y pluralista.

Don Amadeo era un político que creía en serio en lo que decía y esa fe la percibía la gente. Jamás comulgó con los predicadores de conquistas territoriales y superioridades raciales. El marxismo le resultaba indiferente, un invento extranjero. Repudiaba su materialismo, su antihumanismo y sus afanes autoritarios.

No era un intelectual pero sabía de lo que hablaba y sabía lo que quería.

Su sensibilidad popular no la aprendió en los libros. Conocía el mundo de la pobreza porque la frecuentó diariamente como político y médico de campaña. Su consultorio siempre estuvo abierto a la gente pobre. No cobraba honorarios, los pacientes dejaban voluntariamente lo que podían en una urna que estaba en el patio. Su sala de espera era tan austera como él: tres o cuatro sillas y una mesa con revistas. Los gringos chacareros, los criollos de los ranchos, las peonadas, sabían que podían contar con él a cualquier hora y para cualquier emergencia.

Fue el primer político que usó la palabra “descamisado” para referirse a los pobres y reivindicar sus derechos. También fue el primer político que se definió como “el primer trabajador”, mucho antes de que un conocido demagogo lo imitara. No se enfrentó al peronismo en nombre del privilegio sino en nombre de los verdaderos intereses populares. Nunca discutió las bondades de las conquistas laborales, por el contrario las defendió incluso confrontando con algunos de sus correligionarios.

Como los viejos políticos criollos concebía la actividad pública como un servicio.

Por su compromiso con la causa radical padeció persecuciones, cárceles y exilios.

Nunca nadie lo oyó quejarse por su destino. Afrontó el cautiverio y el peligro con la misma entereza con que asumió las grandes responsabilidades públicas. En ese punto fue un hombre de una pieza. Integro en las buenas y en las malas.

Su austeridad republicana fue proverbial. Su casa era modesta como modesto era su estilo de vida. Por Villa María desfilaban las grandes figuras de la política nacional. El recibía a sus correligionarios en bata o con su sencilla chaqueta de médico. Su estilo era una fiesta para caricaturistas y humoristas.

Se hablaba con cariño y a veces con desprecio del “Tano” de Villa María. Se decía que para visitarlo había que atravesar la cortina de peperina. Se fantaseaba acerca de la penumbra de los cuartos de su casa, de sus conversaciones secretas con el espíritu de Yrigoyen.

Muy de vez en cuando salía a caminar por la ciudad. A nadie le negaba el saludo o la palabra. Los vecinos lo veían a la tarde regando las plantas del pequeño jardín. A veces se sentaba en un sillón en la vereda a leer los diarios o a tomar mate.

Ese hombre algo robusto, de rasgos nobles y frente despejada había sido el gobernador de la provincia de Córdoba entre 1936 y 1940. Para la mayoría de los historiadores el gobernador más importante del siglo y una de las figuras más importantes de la política nacional de su tiempo.

Sus anécdotas como gobernador honrado son proverbiales. Se levantaba a las cinco de la mañana y recorría las oficinas públicas. Cuando una vez encontró a un pariente suyo ocupando un cargo de planta le exigió que presente la renuncia. “Mientras yo sea gobernador no puede haber dos Sabattini viviendo del presupuesto”. ¡Qué lección para los gobernantes actuales! Almorzaba y cenaba como un monje. Un plato de sopa, dos papas hervidas y un café sin azúcar. El precio: sesenta centavos. “Es lo que puedo permitirme -decía- soy un médico de campaña”.

Cuando concluyó su mandato no se le ocurrió reformar la Constitución para reelegirse. Entregó el gobierno a su sucesor y se volvió a su casa. Le ofrecieron ocupar cargos legislativos pero los rechazó. Prefería predicar desde el llano. No era un ingenuo. Renunciaba a los honores, al boato, pero no a la política.

Mientras vivió la UCR controló a la UCR de Córdoba y sus estrategias se proyectaron al orden nacional. Sus seguidores estuvieron a la altura de sus enseñanzas. Se llamaban Santiago del Castillo, Medina Allende, Arturo Illía. “ Por sus frutos lo conoceréis”, dice el Evangelio.

Políticos y grupos de poder intentaron seducirlo. Lo tentaron con cargos, prebendas, honores, incluso la vicepresidencia de la Nación. Fracasaron en toda la línea. “Soy tan humilde que no tengo precio”, les decía a sus correligionarios. No exageraba ni mentía. Amadeo Sabattini era incorruptible.